SI CONOCES A ALGUIEN QUE PADEZCA UNA ENFERMEDAD MENTAL CRÓNICA, HAS DE LEER ESTO.

La estigmatización que se crea alrededor de las personas con enfermedades mentales crónicas es silenciosa, pero profunda.

Hace unos días leía la noticia sobre una sentencia de un juez de Nueva Jersey (EEUU) que autorizaba a una mujer, que padece de anorexia severa y pesa apenas 31 kilos, a abandonar la nutrición forzada, tras haber sido solicitado por ella misma al tribunal con un claro entendimiento de que el resultado podría ser la muerte.

¿Cuántas veces has clicado encima de una foto que hablaba sobre la batalla de una adolescente anoréxica para ver con tus propios ojos su degradación física? Seguro que más de una y de dos.

Probablemente habrás experimentado una mezcla entre estupor, pena y porqué no decirlo, rechazo.

Lo mismo sucede cuando personajes como la cantante Amy Winehouse o el actor Philip Seymour Hoffman, que aparentemente tienen abultadas cuentas corrientes y carreras plagadas de éxito, fallecen como consecuencia del consumo de drogas (legales e ilegales). Pocos consideran que se trata de personas que han perdido la batalla contra un enfermedad mental llamada adicción.

Para muchos son simplemente carne de cañón o unos viciosos patológicos.

Estos son solo algunos ejemplos llamativos que conocemos a través de los medios de comunicación, pero ni de lejos atisbamos el sufrimiento que un enfermo mental crónico padece a lo largo de su vida.

No hablo únicamente del periplo que han de pasar para superar su enfermedad, aquellos que lo consiguen, sino la soledad que sienten por el camino. Las caras de desaprobación de conocidos, amigos y familiares.

Puede que al principio las personas que rodean al enfermo estén dispuestas a arrimar el hombro e incluso hagan por entender su situación, pero, amiga, a lo largo del proceso irán cayendo como moscas.

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No les culpo, soportar derrotas contra la enfermedad, aguantar mentiras por parte del enfermo y enfrentar día a día la decadencia de un ser querido, no es plato de buen gusto.

Pero ¿se puede ayudar a un enfermo mental incapaz de ver que se está autodestruyendo?

La respuesta es sí.

Está claro que se debe acudir a un profesional que nos oriente y enseñe a tratar con la persona y no solo con la enfermedad que padece.

A veces tendemos a personalizar en la enfermedad y perder de vista a la persona, como cuando ponemos un mote que hace referencia a un aspecto físico de alguien y cada vez que nos lo nombran la imagen que proyecta nuestro cerebro es la de ese aspecto físico y no la de la persona.

Esto que parece tan sencillo, está claro que no lo es, pero es importante escuchar al enfermo, entender qué es lo que él concibe en su cabeza para necesitar autodestruirse.

Tendemos a escuchar mucho a los profesionales (qué también) y poco al enfermo. Desconfiamos de todo lo que nos dice y es esencial tener en cuenta que entre todo su discurso distorsionado se oculta su realidad.

Estigmatizamos la enfermedad bajo un sinfín de características clínicas que nos ayudan a etiquetarla para saber cómo tratarla. Pero eso, al mismo tiempo, nos aleja de la batalla particular que el enfermo está sufriendo. Lo ponemos en el mismo saco de los que, como él, padecen la misma enfermedad.

La poca sensibilización que hay alrededor de estas enfermedades “mal vistas” es más que latente. El que es esquizofrénico y hace vida normal bajo un tratamiento médico, ha de enfrentarse a las miradas de los que a su alrededor juzgan su comportamiento porque es esquizoide.

El que sufre depresión crónica ha de acabar lidiando con su propia oscuridad y con la incomprensión de los que no entienden que no es solo un estado de tristeza, sino algo que va más allá de palmaditas en la espalda y una sonrisa para pasar el día.

No se trata de un “triste” incapaz de ver más allá de sus narices. Ni un ególatra con ganas de llamar la atención. Solo el que se levanta cada día con una sombra negra a su lado y la mesilla de noche cargada de pastillas, sabe que no es así.

No hablo del que puntualmente tiene un bajón y precisa una “muleta” para salir del bache, hablo del que es incapaz de gestionar sus emociones y precisa estar anestesiado para sobrellevar una carga que muchas veces ni él mismo comprende.

Si a la poca sensibilización le sumamos la enorme ignorancia que hay alrededor de este tipo de enfermedades, tendremos el binomio perfecto para dejar apartado y bien lejos al “yonki”, al “colgao de la cabeza” y a la amiguita anoréxica de mi hija, no sea que se “le pegue” y me deje de comer.

Por si aún no te ha quedado claro, las enfermedades mentales crónicas, son eso, enfermedades y las padece el que las padece.

Hay algunas, como la adicción, que tienen un componente hereditario, por lo que con mayor motivo habría de entenderse que no es algo que el enfermo escoge por ser un “vicioso”.

Gracias a los avances en el estudio de este tipo de enfermedades se ha podido conseguir que los pacientes que las sufren, puedan tener una mejor “calidad de vida”, pero aún hay mucho de lo que hablar a este respecto.

Pero, pese a eso, se hace necesario integrar en el imaginario colectivo a estas enfermedades como a cualquier otra, abandonando la marca que en muchas ocasiones acompaña al enfermo de por vida.

Y tú, ¿te sientes identificada con lo que explico en este post? Me encantaría que me dejases tu comentario aquí debajo y si quieres compartir conmigo tu experiencia también puedes escribirme a contacto@soymarianalonso.com

Gracias por estar al otro lado, hasta pronto.

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