SI TE PREGUNTAS ¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO? DEBERÍAS LEER ESTE POST

A veces la necesidad te lleva a mantener situaciones en el tiempo que no te son del todo favorables.

Un trabajo que no te satisface, una relación que te lastra, una amistad que te intoxica y podría seguir, probablemente, dejándome alguna otra circunstancia con la que probablemente te hayas topado alguna vez en tu vida.

Como nadie dijo que fuera fácil, nos hemos acostumbrado a que la vida sea un cúmulo de sin sabores y a quejarnos por ello. Pero, ¿hasta cuándo?

Quizás ¿hasta que te cueste levantarte cada mañana porque eres incapaz de hacer que tu mente descanse?, quizás ¿hasta que otra persona empiece a tomar decisiones por ti ? o quizás ¿cuándo tu vida haya pasado antes tus ojos de un plumazo?

La verdad es que no tengo todas las respuesta a estos planteamientos, pero lo que si puedo decirte es hasta dónde, no tomar decisiones que te aparten de tu malestar, puede hacer que tu vida se convierta en un bucle de resentimiento constante.

Estar en un trabajo únicamente como medio de vida, sin sentir pasión y esperando a que llegue final de mes para cobrar la nómina y pagar las facturas, es algo muy común. También es muy común “apechugar” con ello y gimotear porque no hay otro remedio, pues tenemos la mala costumbre de dejarnos llevar por la corriente.

Con este planteamiento son normales la insatisfacción laboral, la desidia en el puesto de trabajo y porqué no decirlo, las bajas por depresión.

Y sobre este tema quería hablarte. En ocasiones, el querer huir de una situación que nos ancla en la rutina de la queja constante sin hacer nada para cambiarlo, nos confunde llegando a hacernos creer que somos víctimas de un orden mayor.

Y ¿qué hacemos?

Primero te diré lo que no hacemos:

  • Tomarnos tiempo en pensar cómo hemos llegado hasta esa situación porque simplemente nos hemos limitado a subsistir (qué no es poco, oiga!).
  • Buscar un nuevo planteamiento que nos permita abordar un nuevo enfoque ante esa situación.
  • Dejar de echarle la culpa a todo lo que nos rodea menos a nosotros mismos.

Y ahora lo que solemos hacer:

  • No medir las consecuencias de nuestros actos. Simplemente, con hacer un análisis de las pequeñas cosas que llevamos a cabo y que nos alejan de nuestra satisfacción personal, es suficiente.
  • Buscar culpables más allá de nuestras propias narices. Todo lo que nos pasa tiene que ver con nuestro jefe porque es un desgraciado, con nuestra pareja porque no nos entiende y nos pone de los nervios o con nuestro amigo de turno porque ya no nos llama como antes.

Sea por lo que fuere, nosotros, nunca somos culpables y ¿a qué nos lleva esto? Muy fácil, a querer poner remedio a meses, incluso años, de malas inercias en tres días.

Conclusión, no hago nada por cambiar la situación desde dentro y espero que me la cambien desde fuera.

¿ Cómo y quién cambia la situación desde fuera?

En el mejor de los casos, acudiremos a un médico al que explicaremos el porqué de nuestros males y como el sistema en el que vivimos y los medios de los que dispone un médico de atención primaria son los que son, nos dará una baja por “depresión” (aún teniendo en cuenta que se trata de una enfermedad grave, que ha de persistir en el tiempo y que va mucho más allá de pasar un mal momento puntual en nuestras vidas para que sea bien diagnosticada).

Consecuencia, sales de la consulta con una receta de antidepresivos, otra de ansiolíticos y, en el mejor de los casos, con una prescripción para ir al psiquiatra para hacer seguimiento. Y digo, en el mejor de los casos, porque no siempre es posible dentro del sistema público.

De momento, lo único que te llevarás, serán una batería de medicamentos que te mantendrán anestesiado para evitarte ver la realidad. Pero, en ningún caso, serán la solución porque taparán el síntoma y no resolverán el origen del problema.

La solución deberá partir de ti mismo, así que cuando dejes de tomarlos, si no has puesto otro tipo de remedio (terapia, por ejemplo) tu malestar seguirá ahí. Esperándote aletargado.

Toma consciencia de que lo que te pasa no es una tragedia sino una consecuencia del tiempo que llevas viviendo bajo el inmovilismo.

No tienes porqué pasar por eso porque lo que estás viviendo es circunstancial y fruto de no tomar medidas que no te gustan y si persistes quizás si que llegue a derivar en algo peor.

Dejar un trabajo que no te satisface por pura necesidad, mantenerte en una relación tóxica o persistir en tener una vida social que no te aporta nada, son motivos suficientes para dejarte llevar por la tristeza, pero no para regocijarte en ella.

Así que si una situación no te es favorable, cámbiala, busca la manera de aceptar que no es lo que quieres en tu vida y ponle remedio. Enfócate en revertir la situación porque sino esa situación se llevará por delante otras facetas de tu vida.

Desarrolla los recursos personales y profesionales que te permitan salir del estancamiento y aunque fracases, el aprendizaje te hará no volver a equivocarte en las mismas cosas y probablemente te sea más fácil llegar a tus objetivos en un segundo intento.

Adoptar un espíritu emprendedor y tomar decisiones para dar un giro a nuestras vidas, no siempre trae la comodidad que esperamos, pero probablemente, si medimos el coste personal que nos plantea el seguir soportando aquello que “no nos hace felices”, veremos que el precio que pagamos por ello es muy alto.

No merece la pena vivir en una mentira que solo tú te crees. Si no te gusta tu trabajo, emprende con un proyecto propio y compatibiliza un trabajo y otro el tiempo suficiente hasta que despegues.

Aunque tardes, si te enfocas correctamente, integras la formación que te falta para ello y te marcas objetivos, tarde o temprano los buenos resultados llegarán, aunque inicialmente te cueste.

Pero si flojeas a la primera de cambio, haz un favor a los que te rodean y ahórrales tus lamentos.

En tu caso, ¿cuáles son los impedimentos que no te han permitido avanzar en lo profesional?

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