CÓMO TRANSFORMÉ EN OPORTUNIDAD MI DESGRACIA

Cuando vives permanentemente compitiendo contigo misma percibiendo tus desgracias como una pérdida de control y de tiempo, cuando aprendes que quizás seas tu peor enemiga es el momento de parar y hacer un punto y a parte.

Porque cuando no te permites el desaliento, la debilidad y el descanso, cuando tu frenética carrera hacia el éxito emborrona lo que sucede a tu alrededor, cuando pasas por la vida sentando cátedra ante los que te observan, cuando pasa todo eso y solo eso pasa, llega el día en que la misma vida te pone en tu sitio. Y ese sitio no es precisamente el que crees merecer, pero estás equivocada.

A raíz de mi propia experiencia puedo deciros que las cosas no suceden al azar, que el destino lo escribimos día a día con nuestros actos y que si no dejamos que las cosas fluyan a su ritmo pretendiendo acelerar todo lo que ocurre a nuestro alrededor para llegar antes, tendremos una cura de realidad asegurada.

En ocasiones no nos damos cuenta de que nuestras fortalezas pueden convertirse en nuestras debilidades y viceversa. Para que me entendáis, ser una persona perfeccionista y metódica puede parecer fantástico sobre todo para aquellas personas para las que trabajas, pero al mismo tiempo esas virtudes pueden convertirse en nuestro principal freno.

Y ¿ por qué ? porque esa capacidad de aplicar una metodología para todo puede volverse obsesiva y la obsesión puede llegar a colapsar nuestra mente. Si revisamos las cosas que hacemos una y otra vez, si no estamos dispuestas a permitirnos el error, esa fortaleza se convierte en debilidad en tanto en cuanto nos hace volvernos inseguras al pensar que siempre se podría haber hecho mejor.

No es que no debamos creer en el trabajo bien hecho o en el afán de superación, sino que debemos tener la convicción de que no por equivocarnos en algo dejamos de ser personas tan capaces como antes.

Es fácil que nuestro nivel de auto-exigencia se dispare intentando cumplir unas expectativas auto-impuestas creyendo que son fruto de lo que los demás esperan de nosotras.

Tenemos que ser buenas en todo: como madres, parejas y trabajadoras, pero, dónde quedamos nosotras, nuestros anhelos y metas? Dónde queda esa parte del individuo que somos y que necesitamos explotar tanto o más que las otras para no sentirnos frustradas?

En una ocasión, extrañada, le pregunté a uno de mis jefes porqué nunca me llamaba para presionarme en el cumplimiento de los objetivos que me habían sido marcados, como hacía con el resto. No tardó en decirme que conmigo no le hacía falta seguir ese criterio pues mi nivel de auto-exigencia era tal que sabía que cumpliría con sus expectativas con creces sin necesidad de tenerse que emplear a fondo en ello.

Tomé su respuesta como un halago pero con el tiempo me di cuenta de que lo que me tomé como un cumplido, no era más que una trampa que yo misma me había puesto un año tras otro. Y por qué? Porque cada año el nivel de cumplimiento de esos objetivos se iba incrementando al mismo tiempo que mi auto-exigencia lo hacía, llegando al  punto en el que esa presión no me dejaba dormir.

Esa losa que yo solita me había fabricado, había ataviado en mi espalda y había arrastrado durante años, esa aparente virtud, no estaba haciendo otra cosa que enterrarme en vida y casi lo logra haciéndome enfermar.

Para que me entendáis, yo de un modo entonces inconsciente, elaboré un personaje que me ayudaba a sobre llevar mi carga, que además se auto-convencía de que tenía la mejor vida que cualquier persona podía desear. Respetada en el trabajo al mismo nivel que criticada, con una incipiente vida social y con cierto poder adquisitivo era fácil alimentar al “monstruo” que crecía en mí.

Pero detrás de ese personaje, estaba yo. Estaba la persona desfallecida, irritable, acelerada y sobre todo la persona que en realidad era. Cuando tomé consciencia de todo ello había entrado en una espiral de auto-destrucción que no  me llevó más que a  vivir una etapa de profunda oscuridad. Una etapa que entonces percibía como un obstáculo que había de salvar para poder volver a lo de antes cuanto antes (cómo no!).

Por suerte, mi fortaleza , esa que nunca perdí, me puso en el camino las herramientas necesarias para resurgir de mis cenizas cual Ave Fénix. Supe tomar las riendas de mi vida y aprendí a comunicarme de nuevo. La vida me estaba dando una cura de humildad y estaba poniendo ante mis ojos las evidencias de lo que me había llevado hasta ese momento.

Aprendí a escuchar y dejar de oír, aprendí a parar y reflexionar, aprendí que el deterioro físico, personal y económico pueden ser un buen comienzo para reinventarse o más bien para descubrirse.

Deseché viejas creencias, asumí que ya no sería la de antes porque no deseaba serlo y lo más importante, aprendí a escuchar mi voz y mi voluntad en primera persona. Fue curioso darme cuenta de cómo había estado acostumbrada a que mi voz fuese escuchada, sobre todo en el ámbito laboral, sin pararme a pensar que la única que no lo hacía era yo misma.

Qué era lo que esperaba de mi paso por la vida? Qué aspectos de mi vida podía cambiar y cuáles debía aceptar? Qué personas o situaciones debía apartar? y sobre todo, cómo podía llevarlo a cabo?

He de admitir que no ha sido fácil, que ha sido una tarea ardua y tediosa en algunos momentos y que la tentación de volver a las viejas costumbres sigue ahí, pero ya no suponen un obstáculo para manejar mi vida de otra manera.

Sé que es una carrera de fondo en la que invirtiendo en mí y en mi crecimiento personal lograré conseguir mis metas (que no objetivos) de un modo meditado y sin prisa.

En mi caso somaticé mis cargas y lo que entonces percibí como un enorme agravio, hoy se ha convertido en una gran oportunidad pues he cambiado mi manera de afrontar la vida.

Todos podemos cambiar nuestra perspectiva aprendiendo a explotar nuestras capacidades por ello espero poder ayudar a otras mujeres a conseguirlo a través de mi propia experiencia. 

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